Dirigida
por: Stanley Kubrick
Año: 1968
Música: Varios (Richard Strauss, Johann Strauss)
Productora: Metro-Goldwyn-Mayer
Reparto: Keir Dullea, Gary Lockwood, William Sylvester, Daniel Richter,
Douglas Rain (HAL 9000 voice), Laonard Rossiter, Margaret Tyzack, Robert
Beatty, Sean Sullivan, Frank Miller, Penny Brahms, Alan Gilfford, Vivian
Kubrick
Hay en la utopía
un juego cerebral, un juego vertiginoso, que, sin remedio, tendría
que seducir a Kubrick antes o después. Y situar una acción
en el año 2.001 es situarse más allá de ese derumbamiento
de la civilización que Kubrick ha ilustrado en "Dr. Strangelove"
con tintas negrísimas. Tambien significa situarse en un mundo dominado
por la técnica. El objetivo de la cibernética está
en la sustitución del hombre por la máquina en todos los
trabajos inferiores, en todo cuanto es mecánico o intermediario.
Si no es posible traspasar lo humano, en cambio si es posible reabsorber
o destruir lo que es inhumano y reemplazable por la técnica, hasta
reducir a su 0,01 por 100 la parte intelectual del ser humano. Entonces
el hombre sería totalmente mecanizable y ya no habría hombre
en sentido estricto. Era inevitable que una ciencia como ésta inquietase
a Kubrick a causa de su pasión por la "acción conducida",
por la mecanización del ser vivo. Tal es lo que expresa en "2001".
Encontramos la angustia del artista ante la mayor interrogante del hombre,
la que ya formuló Pascal: "¿Por orden y por conducto
de quién me ha sido destinado este lugar y este tiempo?".
Es a partir
de estas preguntas que le atormentan - las sempiternas ¿de donde
vengo, quién soy, a donde voy? - desde donde Kubrick ha compuesto
su sinfonía visual, ese misterioso poema que es "2001".
Kubrick ha concebido un film que trastorna y envejece - hoy y para siempre
- a toda la ciencia-ficción. Una de las trampas que con más
frecuencia acechan a la ciencia-ficción es su incapacidad para
salir de una visión antropomórfica del cosmos. Hay cien
millones de millones de estrellas en nuestra galaxia y hay cien millones
de millones de galaxias en nuestro universo visible, y, en este panorama,
uno de los temas privilegiados es el de la existencia de otras civilizaciones.
Sin embargo es dificil imaginar mundos diferentes sin recurrir a "medidas
humanas" y, por ello, convertir las medidas reales o posibles de
esos mundos en algo irrisorio. Kubrick señala que el pensamiento
humano es, frente a la posibilidad de existencia de otras civilizaciones
no humanas, completamente impotente. Kubrick dixit: "Algunas palabras
deben situarse a un nivel en el que lo humano no puede situarse. Estos
seres es posible que tengan poderes incomprensibles. Muy bien podrían
estar en comunicación telepática a través del universo
entero. Es posible que posean capacidad para enfrentarse y para condicionar
los acontecimientos de una manera tal que a nosotros nos parezca divina.
Incluso podrían llegar a representar una especie de conciencia
inmortal que forme parte del universo. Cuando uno comienza a interesarse
por este género de temas, las implicaciones religiosas son inevitables,
porque todos esos caracteres a que me referido son los que generalmente
se atribuyen a Dios. Es asi como nos encontramos con una definición
de Dios perfectamente científica".
La fuerza de
"2001" reside en la confrontación de nuestra civilización
con otra, conservando el misterio de ese enfrentamiento. El monolito negro
aparece al mismo tiempo como una amenaza y como un signo de esperanza
en los tres momentos decisivos de la evolución humana: vemos al
mono aproximarse de manera temerosa a él y, acto seguido, le vemos
descubrir el uso del hueso de un esqueleto como arma, primer paso de un
dominio técnico del mundo. Pero ese descubrimiento, llevado a cabo
bajo el signo del miedo, le conduce a servirse del hueso para matar a
otro mono. Las relaciones entre el miedo y la agresión, omnipresentes
en la obra de Kubrick, se encuentran expresadas en esta escena de una
manera cautivadora. Ese hueso lanzado al aire por el mono convertido ya
en hombre (porque el miedo animal ha cedido su lugar a la angustia humana)
se transforma, en la otra punta de la civilización, mediante la
más genial elipsis de la historia del cine, en una nave espacial
que se dirige a la Luna. El misterioso monolito vuelve a aparecer en la
superficie lunar emitiendo extrañas señales, siendo objeto
de estudio de los astronautas y precediendo esta vez a ese gigantesco
salto en lo desconocido que es el viaje hacia Jupiter. Es finalmente,
en otra dimensión del tiempo y del espacio donde el monolito vuelve
a aparecer, mientras que un anciano dirige sus dedos hacia él,
gesto que preludia el nacimiento de un nuevo hombre. "2001"
es una demanda de respuesta a la suprema interrogación del sentido
de la vida.
El oratorio
de Ligety que sirve de leit-motiv musical a la presencia del monolito
abunda en la idea de que toda tecnología suficientemente avanzada
es inseparable de la magia, y, curiosamente, de una cierta irracionalidad.
Ese acompañamiento de coros nos introduce en lo desconocido, como
la utilización por Kubrick de los primeros compases de "Asi
hablaba Zaratustra" nos orienta sobre sus intenciones profundas.
El poema sinfónico de Richard Strauss no es más que una
maravillosa ilustración de la visión de Nietzche, como lo
es de la película de Kubrick, a su vez otro poema sinfónico.
Ambos poemas sinfónicos prolongan el eco de una recreación
artística completamente autónoma. La muerte de Dios debe
comprometer al hombre a superarse a si mismo, y "2001" propone
la misma progresión que existía en la obra de Nietzche;
el pasaje del mono al hombre y, despues, del hombre al superhombre. El
título que precede a la primera parte del film, "El amanecer
del hombre", puede valer para la obra entera. El feto que aparece
al final confundiéndose con el planeta, ese nuevo ser al borde
de un alba nueva, es la expresión de un eterno retorno. Puede comprobarse
hasta que punto Kubrick despoja al hombre de su individualidad; lo más
singular de "2001" ocurre en el momento en que Kubrick plantea
la interrogación humana fundamental y, entonces, priva a su universo
de personajes. Esta búsqueda metafísica es llevada a cabo
únicamente por David Bowman despues de la muerte de su compañero
Frank Poole y de los tres científicos en hibernación. Conocemos
a los padres de Poole, hemos visto en la televisión de la plataforma
giratoria a la hija del dr. Heywood, pero ignoramos todo acerca de Bowman,
nada sabemos ni de sus gustos ni de su pasado. Es el hombre abstracto,
el hombre tal como lo imaginó Nietzche, como puente y no como fin,
como una cuerda tendida entre el animal y el superhombre, una cuerda sobre
el abismo. El tema de Richard Strauss es conocido como el de "El
enigma del universo" y es introducido en la banda sonora del film
por una linea ascedente de tres notas, cifra tres que volvemos a encontrar
en la evolución de la humanidad vista por Nietzche y por Kubrick,
y a reencontrar en la presencia de las tres esferas que siguen a los títulos
de crédito; la Luna, la Tierra y el Sol, cifra tres que es una
clave de la película, número mágico que es tambien
el número de las dimenciones conocidas y que finalmente es abolido
en el paso a la cuarta dimensión anunciada por el monolito cuando
aparece entre las tres esferas.
El paso a la
cuarta dimensión acarrea un desplazamiento en el espacio que a
su vez acarrea un desplazamiento en el tiempo y es para David Bowman el
momento de la gran prueba, esa prueba final que conocen todos los personajes
de Kubrick. Bowman, repentinamente envejecido, reencuentra a su doble,
despues a un otro-yo más viejo aún acostado sobre una cama
y respirando dificilmente (la respiración entrecortada es una de
las obsesiones del autor). La muerte del hombre es un nuevo comienzo.
Y los ojos inmensos del feto que camina en el espacio reflejan la misma
mirada angustiada que vimos en el mono de los primeros tiempos. Un rostro
inquieto que sueña entre los astros.
El humor es
uno de los elementos esenciales de "2001". En una primera parte,
por demás impresionante, con sus paisajes inmensos y desérticos
en los que los leopardos atacan a los monos y velan durante la noche sobre
el esqueleto de una cebra, se va imponiendo poco a poco una mirada irónica
que nos ofrece, sin dejar la prehistoria más arcaíca, un
resumen bastante fiel de la historia de la humanidad. No necesita Kubrick
reconstruir los miles de años que separan el origen de la especie
al descubrimiento del Cosmos; en algunas etapas (señaladas por
fundidos en negro) que conducen del mono al hombre, plantea el conflicto
del débil y el fuerte, la lucha por la posesión de un manantial
de agua, la búsqueda del alimento, la organización en bandas
rivales y las querellas territoriales. En el hotel Hilton de la plataforma
orbital, o a bordo de la astronave Discovery, el hombre es visto y analizado
con el mismo sentido irónico que Kubrick empleó para exponer
el mundo del mono. El intercambio de banalidades, las formas vacías
de la cortesía, los discursos huecos, la sospecha recíproca
entre sabios rusos y americanos, las fotosouvenirs de los exploradores
en la Luna, el ridículo "feliz aniversario" entonado
por los padres lejanos y orgullosos de su vástago cosmonauta, o
el papá que no sabe que decir a su hijita a través de la
televisión, los gags alimenticios, los retretes sin gravedad, etc.
El mundo de "2001" es el universo de la separación, en
el que cada ser es sorprendentemente indiferente, prisionero del papel
que le han atribuido, viviendo en una soledad helada que ya anunciaban
las obras precedentes de Kubrick - y que ya es reconocible como "modus
vivendi" generalizado en el inicio de los noventa -. Los fantásticos
progresos de la técnica no están acompañados por
una evolución moral ni emocional comparable, y la inadecuación
se hace mayor aun entre el hombre y el mundo que ha sido capaz de crear.
La audaz idea de utilizar "El Danubio Azul" permite sugerir
la atmósfera de las estrellas y de los planetas con un humor eufórico
que desliza soterradamente ese punto de nostalgia que tanto le gusta a
Kubrick hacia una época en que las notas de Johann Strauss acunaban
a los ocupantes de la gran noria del Prater vienés.
Podemos ver
por qué serie de ecuaciones Kubrick puede igualar el mono al hombre,
el hombre a la máquina, para trastornar más fuertemente
la buena conciencia satisfecha de los espectadores. Si en su film precedente,
el dr. Strangelove se convertía en un autómata inquietante
- como años después los marines convenientemente adiestrados
de "la chaqueta metálica" -, gobernado por reflejos condicionados,
aqui lo que se convierte en algo humano es la máquina. Hal 9000,
el computador encargado de controlar el viaje a Jupiter, único
ser que conoce el fin fijado por los sabios, es un ser emocionante, a
la vez dulce e insinuante, curiosamente asexuado, gran aficionado al ajedrez,
y que termina por romper el delgado hilo que permitiría llevar
a buen fin la exploración. En "2001" tambien aparece
el error, el "fallo, el desorden se instala en ella con la vertiginosa
caída en el espacio y en el tiempo que es el preludio de una regeneración.
Esta vez Hal es el autor; la máquina y no el hombre, pero una máquina
que se revela contra su misión y, tal vez a causa de su angustia,
se venga de los que no se fían de ella. La muerte de Hal, esa lobotomía
que lleva a cabo Bowman en los circuitos pensantes del computador, es
una de las secuencias más agudas y percutantes de toda la obra
de Kubrick, acaso insuperada en más de veinte años de cine.
Las palabras suplicantes: "Tengo miedo Dave, mi espiritu se me escapa,
puedo sentir como se me va. Buenas tardes señores. Yo soy un buen
computador. Me hice operacional en enero de 1.992", y despues la
canción melancólica de su juventud: "Daisy, Daisy,
dame tu mano, estoy loco por ti", y la voz que se extingue lentamente,
cada vez más grave, para morir en un estertor interminable. Por
un admirable sentido de la dosificación, Kubrick prohibe al humor
subyacente en la escena destruir la emoción que rodea la agonía
del computador paranoico. Esta escena indescriptible es la clave de la
obra entera del gran cineasta: asistimos en ella al asesinato de las funciones
cerebrales, a la agonía del pensamiento abstracto (tema de Kubrick,
"La chaqueta metálica", tan groseramente incomprendida
por memos integrales como Carlos Boyero ), y todo ello en medio de una
canción que evoca el amor, la muerte y la locura (las canciones
de amor, muerte y locura con que finalizan "Senderos de gloria",
"Dr. Strangelove", "El resplandor" y "La chaqueta
metálica"). Paradójicamente Hal es el único
personaje verdadero de la película, heredero en su inquietud y
su demencia de anteriores personajes del autor. Los dos astronautas son
prisioneros de su nave, están espíados por la mirada omnisciente
de Hal, e incluso cautivos del espacio, como Bowman cuando se encuentra
en el exterior de la nave. Entrando en ella a través de una salida
de emergencia, Bowman emprende la tarea de liberarse, de poner fin al
acoso afrontando su destino solo él a bordo.
Para Stanley
Kubrick "2001" es un salto capital en su carrera y una cumbre,
aunque en las maravillosas y gélidas "Barry Lindon" y
"Eyes Wide shut" escaló otras cimas menos revolucionaria
pero bellamente decantadas en su inmutable clasicismo. La preparación
literaria le llevó un año, la organización del films
seis meses, el rodaje con los actores cinco y, finalmente, el trabajo
sobre los efectos especiales un año y medio. Lo habitual en el
Kubrick posterior a "2001", maníaco perfeccionista tan
paranoide como el mismísimo Hal 9000. Sería inútil
detenerse sobre las garantías científicas obtenidas por
Kubrick. Lo que hace singularmente dificil el acercamiento crítico
a "2001" es su carácter específicamente visual
que le hace escapar a todas las categorías conocidas del cine.
Con "2001" Kubrick aniquila la dramaturgia clásica; la
forma es el fondo del film, en si mismo un viaje en el espacio, una experiencia
sensorial o el más bello film "underground" jamás
realizado. Kubrick ha cuidado que el espectador se oriente más
hacia las imágenes que hacia las palabras. Los que no creen en
sus ojos no serán capaces de apreciar esta película.
La letanía
de adjetivos que ha saludado el éxito estético del film
(y la no menos larga de estúpidos denuestos, particular y casi
exclusivamente celtíberos, sobre su pretenciosidad y "carga
seudointelectual" (ya se sabe las buenas películas pertenecen
"en exclusivité" a los profundos pensadores Hitchcock,
Hawks and. co.), el esplendor de sus decorados y de sus colores, no ponen
en duda su soberana belleza. Todo lo más puede decirse, con Arthur
Clarke, que si el próximo film de ciencia-ficción debe ser
mejor que "2001" no tendrá mas remedio que rodarse en
escenarios naturales. El paso del tiempo, las mentecatas sagas galácticas,
las millonarias niñerias de mr. Spielberg, los diversos terminators,
han demostrado este aserto con creces.
Si el hundimiento
de la galaxia, la entrada en el agujero negro, la evocación del
"big bang", los muros de luz que se desgajan, sus polvaredas
infinitas, sus emanaciones glaucas, incandescentes, seguido de la llegada
sobre un suelo verde y malva con el mismo ruido de viento y olas que tambien
acompañaba el alba de la humanidad, son experiencias "alucinantes",
la verdad es que escapan a todo intento de descripción. Al término
de este viaje sicodélico, de este descubrimiento del infinito,
el crítico-espectador se encuentra sin esperanzas de comunicar
su experiencia, su soledad absoluta, drogado, emocionado, saboreando su
felicidad y, finalmente, despues de toda esta palabrería, reducido
al silencio.
Post'scriptum:
Estas reflexiones siguen el hilo del recuerdo nostálgico de una
gran sala de cine con estereofonía e inmensos 70 mm. La visión
de "2001" en TV es una dolorosísima reducción
que empequeñece la más sublime grandeza y la enlata en infame
conserva, llámese VHS o DVD.